viernes, 22 de mayo de 2009

CANTO DEL HOMBRE DE LA SELVA

Raúl Otero Reiche

Yo soy la selva indómita,
la tempestad de aromas de la tierra
insurgiendo en galopes de torrentes.
Por mis venas sonoras
fluye el perfume líquido del sol,
padre del fuego.

Mi pensamiento fulge en llamaradas de estrellas.
Nací del parto de oro
de la tormenta verde.
No me falta ni el látigo del rayo,
ni las riendas del viento,
para ser el jinete de la aurora
con mi poncho de nubes
y la guitarra de cristal del río
sobre los hombros anchos del infinito.

Yo soy el que esperaban
los jaguares manchados de luceros,
los toros ígneos de crepúsculos,
los caimanes de hierro,
las palomas de seda,
para la transfusión de sangres bárbaras.

Yo soy el arquetipo de esta raza salvaje
que quiso limitar el horizonte,
pisar el borde mismo del planeta
y con el cigarro entre los labios
dejarse caer,
dejarse arrebatar súbitamente
por la inmensa cachuela del espacio.

Hombre de la llanura sin fin,
más larga que la vista,
más amplia que mis brazos extendidos
en una imploración de pueblos.

La extensión se me escapa de las manos,
rojas de palmear en el vacío
para que nos escuchen los silencios.
Tengo en los ojos
los diamantesde nuestras minas de chiquitos,
la Cólquide oriental,
la que da chonta para el arco
y guayacán para la hoguera.

Mi corazón es la colmena
y mi cerebro el hormiguero.
Vibran mis músculos de boa,
se abren cantando mis arterias.
Mis labios sangran en el grito de luz
y aroma del clavel.

Yo soy el hombre de la selva,
perfume, cántico y amor,
pero encendido de relámpagos,
pero rugiendo de huracanes.
Yo soy un río de pie.

lunes, 13 de abril de 2009

PLAZA DE ARMAS (Poesía)

Raúl Otero Reiche

La Plaza de Armas con arcos triunfales
cerrando los cuatro puntos cardinales,
y cuatro faroles de cuatro vecinas,
cuatro los serenos en las cuatro esquinas.

En ella se daban cita los amantes,
los bultos y algunas vacas trasnochantes.
Cántaras y risas, todas las mañanas
secaban la pila las Samaritanas.

Al centro un quiosco donde se reunía
la banda de música de la Policía.
¡Retretas cruceñas! ¿Quién no concurría
si tenía novia, si no la tenía?

Después erigieron la Estatua, y al punto
cambió el panorama de todo el conjunto,
ni quiosco, ni bardas, pero en cambio un lago
minúsculo, en forma de algún endriago.

Más tarde cayeron entre enredaderas,
víctimas de hacha, lirios y palmeras.
Siguió el exterminio del jardín zoológico
que allí retozaba silvestre y egógico,
ni un cóndor cautivo, ni las gallaretas
pudieron librarse de las escopetas
que aunque no los hubo se las merecía
dicha memorable, total cacería.

Había que ver a los celadores
cosechando patos, urinas y flores.
Hoy día la Plaza de Armas se arrofalda
para estar de moda con la minifalda,
mostrando la curva de todo el vergel
y la geometría de un alto nivel.

¿A dónde se irán los viejos placeros
si también se han ido sombras y luceros?

RAÚL OTERO REICHE

sábado, 11 de abril de 2009

EL HORNERO Y LA GOLONDRINA (Fábula)

Raúl Otero Reiche

-¡Me permite, señor Hornero,
descansar un rato en su casa?-
le preguntó la golondrina
y el hornero le dijo: -¡Pasa!
puedes estar en el alero
que está cerca de la cocina.

Cuando salió a su trabajo
el hornero, la golondrina
a todos sus parientes trajo
y ocupó "hall" y piscina.

Ya de regreso el propietario
encontró llorando a su esposa
y pensó volverse incendiario
por no ocurrírsele otra cosa.

-¿Conque la golondrina? ¿Esa
que llegó pidiendo un favor?
¿Esa qeu ni siquiera trina?
Pues he de hacerle algo peor.

-¡Déjala!- suplicó la esposa;
-ocupemos el nido viejo
que la culebra cautelosa
les ha de dar un buen consejo.

Y en efecto; así sucedió,
porque aquella familia extraña,
por echarse a dormir, no oyó
el merodeo de la alimaña.

MORALEJA
No debes fiarte del que pasa
si no quieres perder la casa.

LA COLA DE LA TORTUGA (Fábula)

Raúl Otero Reiche

El heraldo del león
anuncia la sensación
de aquel año: correrán
la serpiente y el tucán;
preparados estarán
la peta y el avestruz
listos ya sobre la raya
porque puede faltar luz
y hay lagunas en la playa.

En la clásica carrera
fueron jueces unas garzas,
el peludo y el jaguar;
por el bosque y la pradera,
por las lomas y entre sarzas
correrían a la par.

-Óigame, doña tortuga.
- ¿Quién me habla?
-Yo, la ardilla
quiero hacerle un gran favor.
¡Dios ayuda al que madruga!
Su brinllante cola brilla
pero en eso está el error.
- Pues ¿qué hago?
- Me la deja
y ya corre sin temor
de enredarse en la gavilla.

-Y ¿por qué me lo aconseja?
- Por vengarme del señor
avestruz- dijo la ardilla.

Sin el cálido aleteo
partió raudo y al azar
el avestruz.
-¡Ya lo veo!
Válgame- dijo el jaguar.

La tortuga sin la cola
pasó dando volteretas
y al final un trampolín
subrayó su cabriola;
y aseguran los atletas
que rodó como una bola.

Desde entonces la tortuga
sigue y sigue tras la ardilla
reclamándole su cola,
pero aquella siempre fuga
mientras ella más se humilla,
despreciada, triste y sola.


MORALEJA
Tan solo un amigo viejo
puede darte un buen consejo.

LA VIEJECITA Y EL LORO (Fábula)

Raúl Otero Reiche

Una cierta viejecita
tenía en su casa un loro;
era su único tesoro
y gran consuelo en su cuita.

El carretero venía
muy temprano y preguntaba:
- ¿Compra leña? -
Contestaba:
- Bajen- y esto cada día.

De memoria se sabía
aquel pájaro precoz
la respuesta y la decía
imitándole la voz.

- Vuelvo pronto, voy a misa-
la mujer le repetía.
- ¡Date prisa! ¡Date prisa!
el lorito respondía.

Se quedaba muy contento
conversandoo en la ventana
con él mismo y con el viento
a la espera de la anciana.

Sucedió un amanecer.
-¿Compra leña?- Y contestó
remedando a la mujer
el lorito: -Bajen.- No
fue una sola carretada,
pues bajaban siempre más
y más leña, contratada
por el verde lenguaraz.

De la misa regresó
muy feliz la viejecita
pero luego se quedó
como un ánima vendita.

-¿Fuiste vos?-
- Yo fui, mi oro-
el lorito respondíó.
- Pues verás...
Y el pobre loro
más de un palo recibió.

Y hasta el perro soportó
el castigo de la dueña;
y una voz le preguntó:
-¿Vos también compraste leña?

MORALEJA
Muchas veces compartimos
un mal que no cometimos.

EL ZORRO Y LA PERDIZ (Fábula)

Raúl Otero Reiche

Andaba paseando el zorro
cuando encontró a la perdiz.
- ¡Te como! gruñó.
- ¡Socorro!-
gritó la pobre infeliz.

Mas, luego de entretenerlo,
le dijo, -Quizá le cuadre
lo que voy a proponerle
si no me come, compadre.-
- Vamos a ver qué es el trato,
pero abre luego ese pico-
contestó con arrebato
relamiéndose el hocico.

La perdiz, muy zalamera,
le dijo como al azar:
- Oiga , compadre, ¿quisiera
que le enseñe a silbar?-
- Y, ¿cómo?
- ¿Acepta?

- ¿No es largo,
comadre, el primer ensayo?
- De la lección yo me encargo
tan bien como el papagayo.

- Pues a empezar ahora mismo
y ponga gran interés
porque a mí me da lo mismo
comerla antes o después.-

La perdiz consultó sabios,
halló la aguja más vieja
y luego cosió los labios
del zorro, de oreja a oreja.

Desde ese momento el zorro
silvó de noche y de día
y le gritaban: "¡Cachorro!"
las aves que él perseguía.

Viéndole triste y enteco
la perdiz, compadecida,
imagió un embeleco
para salvarle la vida.

Ocultóse en la espesura
cuando el animal venía
silvando con amargura
porque sin querer lo hacía.

Se alzó la perdiz del nido
como haciéndose la loca,
lazó el zorro un alarido
y se le rajó la boca.

MORALEJA
No es bueno contradecir
nuestra propia condición
si se tiene que elegir
una nueva profesión.

LA ARAÑA Y LA MOSCA (De la obra "Fábulas del Oriente Boliviano. 1986)

Raúl Otero Reiche

La araña vieja tejía
su fina red rutilante,
sin importarle si había
bordado para un instante.

Si bordaba es porque era
su oficio bordar, así
como la rubia hilandera
teje en el cielo turquí.

A más de estúpida, tosca,
quedó atrapada en la red
una noctívaga masca.
- ¿Por qué me retiene usted?
¿Acaso es algo de mí?-
le dijo; y le respondió
la que esa trama tejió:
- Y usted, ¿a qué vino aquí?

MORALEJA
Nunca ha sido cosa buena
meterse en la casa ajena.